Instrucciones para construir una ruina
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Instrucciones para construir una ruina

De CityWiki


Texto de Santiago Alba Rico, para la exposición MONUMENTALKIPPEL, de Txuma Sánchez.


Todas las casas ocultan un misterio y un pecado: una ruina. Ante unas puertas arrancadas de sus goznes, barajadas por Dios y apostadas contra un muro; ante una pared vencida o un balcón suspendido en el vacío; ante un desmoronamiento de escombros y cascotes, nos acomete el sobresalto de una inconsecuencia visual casi blasfema. Nuestra ápoca se dedica, como ninguna otra anterior, a una febril demolición de edificios; nuestra época es al mismo tiempo la primera de la historia que no deja ruinas. "Dentro de cien años", dice Sennet, "la gente tendrá una evidencia más tangible de la Roma de Adriano que de la Nueva York de fibra óptica".


¿Por qué nos perturba una ruina en el corazón del holograma? Porque a través de ella recumeramos cinco radicalidades:
- recuperamos los materiales de construcción, reprimidos, ocultos y olvidados en el cuerpo del edificio. En la línea siempre ascendente del progreso -es decir- se nos cruza de pronto la ingenuidad del comienzo, la reversibilidad espacial del destino, el trabajo a ras de tierra.
- recuperamos el aire, en cuya transparencia liberada -por sobre el tejado sin cubiertas- se colorea para nuestra comprensión la sólida irracionalidad del barrio. La ruina explica la ciudad. Es el último agujero en su altura sin tacha, el fantasma del ágora que viene a interrumpir su continuidad.
- recuperamos la triste objetividad de los objetos, ahora visiblemente detenidos en una quietud de piedras, expulsados de la sociedad en la que se habían escondido. La muñueca, el cuaderno, el zapato entre los desperdicios no son la melancólica metonimia de la fragilidad humana: son el escándalo de la supervivencia. - recuperamos la gravedad, la inclinación, la forma de los primeros monumentos: el montón, por ejemplo, que es la primera lucha del hombre contra el cielo.
- recuperamos, en fin, a los hombres, desterrados de la ciudad post-moderna. La ruina es el último, el único lugar todavía habitado donde la pobreza o la rebeldía conservan la cultura más antigua. Frente a la ciudad occidental abandonada a sus anillos, la ruina hierve de cuerpos. Frente a los rápidos corredores del Molusco hueco, la ciudad tercermundista -o el barrio periférico-, en el que la diferencia entre las casas semiderruidas y las casas a medio construir se borra por completo, espesa sus contactos. El Cairo, por ejemplo, es una vieja civilización abandonada, encontrada en el camino y okupada por quince millones de personas. La ruina ya no es romática; es el último refugio de la antropología.


Materiales de construcción, aire, objetividad, desniveles, cuerpos: cinco bombas en el bordado de la conciencia occidental. En una sociedad que no tendrá nunca más pasado, en la que el desperdicio es desalojado del horizonte por la propia velocidad de la destrucción y la renovación de las mercancías supera al hombre como a un obstáculo o a un parásito; en una sociedad en la que "joven" es lo contrario de "enemigo" y "nuevo" lo contrario de "culpable" y en la que, en consecuencia, lo viejo, lo usado, lo vivido, lo lento, lo carnoso, contagian la enferma viscosidad de una amenaza alienígena; en una sociedad de cosas hechizadas que se intercambian solas y casas encantadas que se construyen a sí mismas; en una sociedad en la que el arte se limita a escenificar hasta el agotamiento la rentabilidad de su propia muerte; en la que el Supermercado, el Parque Temático y la Instalación se solapan sin diferencia; en la que la individualización de la expresión ya sólo permite comunicar la sucesión de los autismos (con la consiguiente desaparición de corrientes, movimientos o estilos de los que un crítico pueda derivar una tradición); en una sociedad así, la ruina -física o arquitectónica- es la comparecencia repentina de su fracaso: demasiada lentitud, demasiada "comunidad", demasiado espacio entre los escombros.


El arte, última resistencia contra el deslumbramiento, custodio y administrador de lo visible, no puede pretender crear cosas nuevas en medio del exceso mercantil que las hace a todas invisibles; debe sencillamente recolocarlas en el espacio para que se vean. Este ha sido siempre el verdadero trabajo del artista y esta es la propuesta, tan oportuna como sabia, de Txuma Sánchez con su arrumaje de maquetas, fotografías y cascotes. La paradoja de meter una ruina en una casa entraña quizás el riesgo de concederla rango arqueológico; de convertirla en una antigüedad o, peor aún, en una antigualla. No. Hay que temer más bien -o esperar- que su inconsecuencia visual, y la inteligencia de su disposición, comprometan también un espacio en el que se alojan -y la calle y la ciudad misma- en un ojo repentinamente curado de su bizquera. Recuperar la ruina es retroceder antes de la cosa misma que se nos escapa e ir más allá de la rutina de siliconas que nos la oculta. "Salvemos este mundo de la ruina" sería una consigna al mismo tiempo apocalíptica y pretenciosa. Salvemos al menos las ruinas, último, avergonzado, perseguido refujo de la rebeldía y la memoria.